Pildorita de la Felicidad Ed. 750

Rodrigo Solís

De todas las tradiciones que practicamos en la ciudad, de lejos, diciembre es la época más funesta, o cuando menos, la más desconcertante.

—Qué amargado eres —me dicen mis coterráneos—. Son nuestras tradiciones.

Así como ciertos crímenes (por más aberrantes que sean) prescriben con el transcurrir del tiempo, las actividades sinsentido que logran replicarse año tras año, obtienen salvoconducto para ejercerse con plena libertad, bajo el amparo y aplauso de la borregada. Naturalmente, estoy en contra de todas ellas, incluso de las que van de salida para desencanto de los tradicionalistas.

—En mis tiempos se veía a más niños cantando La rama en el vecindario —dicen.

En sus tiempos (y en éstos), es igual de molesto atender semidesnudo a la puerta para toparte con un grupo de infantes armados con ramas de monte y una figurilla de la virgen de Guadalupe, cantando desentonados: <<Me paro en la puerta, me quito el sombrero, porque en esta casa, vive un caballero…>>.

La estampa, aunque bellísima a los ojos de los románticos, no es más que lambisconeo; ni afuera hay nadie con sombrero, ni adentro hay un caballero, si acaso, se trata de una añeja batalla entre mendigos y tacaños.

Otro fenómeno que nos deja en evidencia es el que viene a consecuencia del clima. A pesar de que el invierno sólo existe en nuestra imaginación, el yucateco se empeña en convertirse en baño turco al emular en su modo de vestir a los modelos retratados en campañas publicitarias de urbes nevadas (Nueva York y Londres).

Otra tara digna de mención viene en el decorado, tanto de exteriores como interiores. Véase glorietas y avenidas principales, auténticas recreaciones de paisajes escandinavos, plagados de duendes, caramelos gigantes y muñecos de nieve, que soportan estoicos (gracias a su consistencia de fibra de vidrio) los cuarenta grados centígrados, y a la sombra, pinos mutilados de las montañas rocallosas sudan la gota gorda amordazados con cables y luces epilépticas en nuestras salas de estar, donde en realidad no está nadie, a menos que se padezca de las facultades mentales o se quiera sufrir un golpe de calor.

Finalmente, la tradición más cruenta, y no me refiero a la practicada por quienes salen a correr descalzos decenas de kilómetros y a reventar la pirotecnia más ruidosa so pretexto de ser escuchados por su deidad predilecta, es la cena navideña.

Los participantes, todos consanguíneos, como requisito han de fingir amnesia a los escabrosos sucesos recopilados durante todo el año, o quizá una vida, para reunirse alrededor de una mesa (ataviados con las sofocantes prendas antes mencionadas) a fingir que son la excepción a la regla del señor Oscar Wilde, es decir, una colección de gente fastidiosa que no tiene ni la más remota idea de cómo debe vivir ni cuándo debe morirse.

 

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