La opinión de Hugo Figueroa Ed. 733

LA CAMPANA LLAMA A LA ESCUELA

Hugo Figueroa Ocampo

Salíamos a vacaciones de verano en junio. Los festivales de clausura eran de 2 o 3 horas en la cancha de basquetbol ubicada en el centro de Tehuilotepec. Había bailables, poesías y vals de los egresados. A su alrededor, la cancha estaba abarrotada, casi todo el pueblo estaba presente. Al terminar el evento y recibir el regalo del padrino o madrina, en la casa había mole de guajolote o algún otro guisado para festejar “la salida de la primaria”, como comúnmente decían nuestros padres.

Pero esos seis años en las aulas escolares de la escuela José de la Borda de Tehui tuvieron su bella historia. Por la mañana, a eso de las siete y cuarto nos levantaba nuestra madre para poder ir limpios de ropa o hasta almorzados a clases. El radio ya estaba encendido y escuchábamos a Tufic Majul con el programa de “La campana llama a la escuela”: “Cómo te llamas, a qué escuela vas, qué nos vas a recitar o a cantar”, preguntaba Majul al niñ@ conectado vía telefónica con su cabina ubicada en la calle del Arco, muy cerca del zócalo. Y el infante se explayaba recitando o cantando. Tufic repetía la hora después de cada participación, y nos apuraba a desayunar para no llegar tarde a las aulas o nos decía que nos lleváramos una torta para disfrutarla a la hora del recreo.

Los homenajes a la Bandera los días lunes también estaban llenos de poesías. Mi libro titulado “mis primeras letras” era de forma rectangular, de color blanco y en la portada traía impresa en desorden y por todo el espacio unas letras grandotas. Su contenido me enseñaba a conocer las sílabas y después el abecedario, para dar paso a juntar las letras vocales y consonantes y comenzar a formar palabras. Tercero y cuarto año fueron para aprender totalmente las multiplicaciones y divisiones. Las enchiladas que me obsequiaba mi abuela Mago a la hora del recreo me las comía con un mega apetito, o las quesadillas de papa y chorizo que compraba en la cooperativa de la escuela tenían también un suculento sabor.  Para adquirir los hielitos de sabores que vendía doña Petra teníamos que hacer cola porque casi todos los alumnos queríamos comprarlos para saborearlos aun más en épocas de calor, refrescando todo nuestro ser.

No recuerdo el año exacto en que los maestros se pusieron en huelga. Llegó la policía y los desalojó de la escuela por órdenes del gobernador sanguinario Rubén Figueroa Figueroa. Los subieron a unas camionetas y los abandonaron por la noche en lugares deshabitados, según lo que después nos narraron los profesores. Alumnos y padres de familia manifestamos nuestra solidaridad con los profes, y cuando regresaron a Tehui después de la represión, los recibimos con aplausos y gran entusiasmo., porque en verdad  fueron valientes para enfrentar a un régimen terriblemente represor como el de Figueroa.

El maestro Albino Juárez Guadarrama me impartió clases el quinto año, en el turno vespertino. Todo el inmueble era solo para nosotros, 22 alumnos que corríamos por los pasillos y jugábamos en el patio. Un día, El profe Albino nos dijo  que teníamos que leer un libro titulado “Corazón, diario de un niño”, del autor italiano Edmundo de Amicis. Mis padres con esfuerzo me compraron ese libro, y comencé a leerlo sin querer despegarme de sus páginas, pues esa narración describía a muchos de mis compañeros de aula, aunque la historia se hubiera realizado muy lejos y muchas décadas atrás. Fue una experiencia mágica que me llevó a buscar más lecturas más allá de los ejemplares obligatorios de las clases cotidianas.

Esos 6 años en la primaria tuvieron más felicidad que tristezas, esas vacaciones largas de verano, de junio al 31 de agosto, fueron para nadar en la poza “La redonda” o para ir a buscar pápalos y arrayanes al campo con mis hermanos mayores, o ver con más tiempo la televisión grandota y en blanco y negro para disfrutar el programa de cepillín, Los picapiedra, la pantera rosa, Don gato, Remi, Bugs Bonni, El correcaminos, el hombre nuclear, Porki, la señorita cometa.

Desde luego, disfrutábamos y aprendíamos didácticamente de un programa muy chingón llamado “Plaza Sésamo”, que era transmitido al ingresar de nuevo a clases. Por eso hoy quiero desear a tod@s  aquell@s que regresan a clases, que en verdad disfruten esos años en las aulas, porque ya no vuelven a repetirse, hay que estudiar, hay que prepararnos hay que vivir cada instante de nuestras vidas porque en este mundo solo somos vecinos por un rato, parafraseando la canción. ¿Ya escucharon? ¡¡La campana llama a la escuela!!

 

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